Ojalá no hubiese ocurrido el desembarco de Normandía. Total, ¿para qué meterse en líos? Mejor dejar que las cosas sigan su curso natural, que siempre acaba bien. Hoy, probablemente, estaríamos escribiendo en alemán, quizá incluso nos habrían asignado un perfil racial homologado. Si nos ponemos a idealizar la inacción, ¿hasta dónde llegamos?
El Desembarco de Normandía no fue un acto romántico ni una película en blanco y negro con banda sonora épica. Fue una operación militar brutal, con miles de muertos en un solo día. Pero también fue el punto de inflexión que permitió abrir el frente occidental contra la Alemania nazi y acelerar el final del régimen de Adolf Hitler. Supuso el inicio de la liberación de Europa occidental, el colapso del Tercer Reich y, en consecuencia, la posibilidad de reconstruir el continente sobre bases democráticas. No fue limpio, no fue perfecto, pero fue decisivo.
Porque la acción tiene consecuencias. Siempre. Pero la inacción también las tiene, con la diferencia de que, cuando no actúas, dejas que otros decidan por ti. No intervenir frente a un régimen totalitario no lo vuelve menos totalitario, simplemente le facilita el trabajo. La historia del siglo XX está llena de ejemplos incómodos en ese sentido.
Resulta curioso cómo desde la comodidad de una democracia consolidada se pontifica sobre lo que otros deberían o no deberían hacer frente a regímenes autoritarios. Mientras tanto, el pueblo iraní ha salido a las calles a celebrar. Parece que algunos observadores occidentales no comparten ese entusiasmo, pero quienes viven bajo ese sistema, los actores principales, sí parecen hacerlo. Quizá porque las teorías sobre la prudencia estratégica suenan distintas cuando no eres tú quien soporta la represión.
Desde un país occidental, con libertad de expresión y garantías jurídicas, es relativamente fácil defender la contención perpetua. Lo irónico es que esa misma libertad para opinar existe, en parte, porque en su día hubo quienes asumieron el coste de actuar. La historia no la escriben los que esperan sentados a que todo se arregle solo, sino quienes, acertada o equivocadamente, deciden intervenir y asumir el riesgo. Si teneís dudas, preguntadselo a los venezolanos, a los iraníes y a los europeos en 1946.
Quizá vendría bien que quienes practican esa disidencia eterna, cómoda, teórica y siempre a salvo, hicieran un pequeño ejercicio de memoria histórica. Que le pregunten a un francés "Mr Dupont" cualquiera que pasaba por allí en 1946 si estaba contento con el desembarco. Si prefería la “prudente inacción” o la llegada de quienes, con todos los costes y contradicciones, contribuyeron a liberar su país.
Es relativamente sencillo construir una identidad política y periodística basada en el desacuerdo perpetuo, en oponerse sistemáticamente a toda intervención y en situarse siempre en una supuesta superioridad moral. Está bien, cada cual encuentra su forma de vida donde puede. Pero convertir la inacción en principio absoluto, especialmente en tiempos complejos, no es neutralidad, es también una elección con consecuencias.
Porque la historia no suele recordar con especial entusiasmo a quienes observaron desde la grada convencidos de que intervenir era vulgar. A veces, por incómodo que resulte admitirlo, actuar cambia el curso de los acontecimientos. Y otras veces, no actuar lo consolida.