Yo también digo
“No a la guerra”. Es la típica perogrullada que desde Occidente suena bien y muchas veces se queda en un gesto moral o incluso en cálculo electoral.
Pero hay momentos en la historia en los que simplemente repetir consignas pacifistas no resuelve el problema. Lo que está ocurriendo con Irán, o lo que ocurrió con la invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero de 2022, plantea una tensión muy real,
¿qué ocurre cuando un actor agresivo prueba constantemente hasta dónde puede llegar?
Irán lleva décadas siendo acusado de financiar y apoyar a distintos grupos armados en Oriente Medio. Tras el atentado de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023, muchos analistas señalaron que ese ataque fue el detonante de la crisis actual y que Teherán forma parte de un entramado regional de alianzas y apoyos indirectos.
En paralelo, Rusia ya demostró en Ucrania desde el 24 de Febrero de 2022, que está dispuesta a alterar fronteras por la fuerza.
Curisomente todos estos rádicales de extrema izquierda simpatizan con estos paises y grupos terroristas.
Aquí aparece una idea clásica de la política internacional, resumida en la frase atribuida a Edmund Burke:
“Para que el mal triunfe basta con que los hombres buenos no hagan nada”.
La historia europea ofrece un ejemplo que muchos utilizan como advertencia.
Cuando el partido nazi crecía en Alemania, muchos políticos pensaban que podrían controlar a Hitler si lo incorporaban al sistema. En 1933 fue nombrado canciller.
Pero una vez dentro del poder:
eliminó a los partidos rivales
controló la policía y el ejército
instauró una dictadura
Muchos historiadores consideran que el error decisivo fue subestimarlo.
Entre 1936 y 1938 Hitler empezó a probar hasta dónde podía llegar.
En 1936 reocupó Renania, una zona que debía permanecer desmilitarizada según los tratados. El ejército alemán todavía era débil y varios generales alemanes reconocieron después que, si Francia o Reino Unido hubieran reaccionado militarmente en ese momento, habrían tenido que retirarse.
Pero Europa estaba traumatizada por la Primera Guerra Mundial y nadie quiso arriesgar otro conflicto.
El ejemplo más famoso fue el Acuerdo de Múnich de 1938, donde se permitió a Hitler anexar parte de Checoslovaquia con la esperanza de mantener la paz. El primer ministro británico Neville Chamberlain regresó a Londres proclamando “paz para nuestro tiempo”.
Pocos meses después, Hitler ocupó toda Checoslovaquia.
Y en 1939 invadió Polonia, iniciando la Segunda Guerra Mundial.
Muchos historiadores sostienen que si se hubiera actuado con firmeza antes, tal vez se habría evitado una guerra mucho mayor. No es una certeza absoluta, la historia no funciona con “si hubiera”, pero sí una advertencia.
Por eso algunos ven paralelismos en la actualidad, cuando potencias como Rusia desafían el orden internacional o cuando regímenes como el iraní utilizan conflictos indirectos y aliados armados en distintas regiones, surge la misma pregunta que en los años treinta:
¿hasta dónde se debe tolerar la provocación para evitar una guerra?
Porque la historia también nos deja otra lección incómoda:
una paz que no frena a un agresor puede acabar produciendo una guerra mucho peor.
O como dice otra vieja máxima política:
quien tolera el desorden para evitar la guerra, primero tiene el desorden… y después la guerra.